5 ago 2012

Monsanto ¿maldición o bendición?

La Voz del Interior (05/08/2012)
El cuco transgénico

 
El anuncio de que Argentina tendrá las dos plantas de producción de semillas más grandes del mundo renovó viejos temores. Para unos, es un demonio; para otros, una bendición económica. La polémica no tiene ni tendrá, seguramente, fin.
Gusanos que fabrican telas de araña. Vacas que producen leche maternizada. Ratones con reacciones humanas a los medicamentos. Zapallos resistentes al ataque de los insectos. Rosas con pétalos azules y conejos verdes fosforescentes. El repertorio con el que cada día nos sorprende la ingeniería genética la confirma como uno de los más fértiles campos del avance del conocimiento científico en las últimas décadas. Y también como uno de los más dinámicos, ya que pocas disciplinas pueden mostrar una historia con tantos y tan impactantes logros en un pestañeo histórico como el que va desde la identificación de las funciones del ADN, a mediados del siglo pasado, al nacimiento de la oveja Dolly (primer animal clonado de la historia, en 1996) y hasta la actualidad.

Biotecnología en la mesa
En esa carrera por aprender a decodificar y manipular el código en el que está escrita la naturaleza, uno de los campos más productivos es el vinculado a la producción de alimentos. La manipulación genética de la comida de los seres humanos no es un proceso nuevo, es algo que la humanidad viene haciendo desde hace milenios, desde el nacimiento de la agricultura, sólo que ahora la modificación de los organismos biológicos se aprendió a hacer en los laboratorios.
En la antigüedad, la selección de las mejores semillas y de los mejores ejemplares de una especie fue una de las maneras más comunes de conseguir, por ejemplo, una planta de maíz como la conocemos ahora, con sus mazorcas dentadas y enormes. En sus orígenes, el maíz era una hierba con semillas pequeñas que difícilmente hubiera saciado el hambre de una persona, pero siglos de manipulación agrícola variaron su disposición genética.
El Consejo Argentino para la Información y Desarrollo de la Biotecnología (ArgenBio), en un libro que publicó sobre este tema, Alimentos transgénicos: mitos y realidades , resalta la “larga historia de la biotecnología”. Esta se hace evidente en las primeras épocas en que el hombre comenzó con la fabricación del vino, el pan, el queso y el yogur. “Aunque el hombre desconocía la existencia de microorganismos y la base bioquímica de las fermentaciones, podía usar esos procesos empíricamente para su beneficio”.
Hoy, la principal avanzada en la manipulación genética de alimentos está en manos de grandes compañías que, en primer lugar, apuntan a conseguir beneficios para la producción agrícola. Buscan plantas más resistentes a las plagas y mejores rindes por hectárea. Simultáneamente, otros desarrollos avanzan para favorecer no sólo a los productores sino más directamente a los consumidores, que podrán contar, por ejemplo, con frutas que maduren de manera más lenta, que tengan más vitaminas, o con carnes con menor contenido graso.

El momento ecologista
Estos avances genéticos son observados con preocupación –cuando no con verdadero espanto– por numerosas organizaciones ecologistas, que cada vez con mayor ahínco se dedican a denunciarlos, por considerar que entrañan un peligro para la supervivencia de la humanidad. La organización Greenpeace, por ejemplo, los califica dramáticamente como “una amenaza para el planeta” que destruirán la biodiversidad, arruinarán los suelos, harán aparecer nuevas enfermedades y contaminarán la genética de las especies originales.
La empresa que se encuentra a la cabeza de los emprendimientos biotecnológicos relacionados con alimentos es la estadounidense Monsanto, que anunció la radicación en la ciudad de Malvinas Argentinas –unos 25 kilómetros al nordeste de la ciudad de Córdoba–, de una de las plantas más grandes que tiene en el mundo, con una inversión de 1.500 millones de pesos.
Aunque no se pudieron conseguir mayores detalles del emprendimiento (Monsanto no respondió los pedidos de entrevista y de información que le hizo este diario), ya se sabe que será un establecimiento para tratar y acondicionar semillas de maíz. Se espera que sea inaugurada a fines del año próximo y cuente con una capacidad de producción de hasta 3,5 millones de hectáreas.
La noticia de la radicación de la planta, que incluye además dos estaciones experimentales ubicadas en Córdoba y en Tucumán, aterrizó en esta provincia en momentos en que se sustancia en los Tribunales un sonado juicio por fumigaciones ilegales en un barrio de la periferia capitalina, Ituzaingó Anexo. Si bien en esta audiencia sólo se juzga la conducta de dos productores agropecuarios y un piloto aeroaplicador, alrededor del conflicto flota la denuncia vecinal referida a supuestas muertes y enfermedades que habrían sido producidas por la aplicación de los químicos sobre personas que vivían en las cercanías de los cultivos de soja.
La coincidencia bastó para poner en alerta a numerosos grupos ambientalistas y a algunos habitantes de Malvinas Argentinas, que temen ser afectados por algún tipo de contaminación o consecuencia no deseada de las investigaciones genéticas que se realizarán allí.

Grano contra grano
Uno de los más conocidos ambientalistas argentinos, el cordobés Raúl Montenegro, criticó duramente la introducción que se hizo en Argentina del cultivo de la soja transgénica de Monsanto. Esta soja tiene incorporado un gen bacteriano para hacerla resistente al herbicida glifosato, lo que termina elevando el rendimiento por hectárea. Montenegro señala que los países centrales trasladan a países como Argentina los efectos negativos del proceso y así protegen sus suelos, sus aguas y su salud. “Entretanto, las enfermedades y muertes no registradas, la pérdida de biodiversidad única y la formación de crecientes depósitos ambientales de residuos plaguicidas continúa escandalosamente”, anotó.
No todos los ambientalistas tienen la misma opinión frente a este fenómeno. El biólogo Pablo De Maio, de la Asociación Ecosistemas Argentinos, señaló a este diario el riesgo de que se mezclen las cuestiones ideológicas y políticas, con las afirmaciones pseudocientíficas. “Lo mejor es tomar decisiones informadas. En Córdoba se ha manipulado la información vinculada con los estudios científicos sobre el glifosato y se generó una fantasía sobre supuestos efectos sobre la salud humana. No hay nada probado sobre eso. Por eso me parece riesgoso también, y malo para la salud de las organizaciones ambientalistas, que mezclemos todo en una misma bolsa y formemos una gran melange emocional que no sirve para atacar los reales problemas ambientales que tenemos”.
“Con los transgénicos –agregó De Maio– ocurre otra cuestión. El grano de soja que se siembra en Argentina fue diseñado para resistir el herbicida, pero no es una planta terminator , no es un monstruo. Es un trabajo científico que se pudo hacer porque alguien accedió al genoma. Esto lo venimos haciendo los seres humanos desde hace siglos, con métodos tradicionales”.
Una de las más potentes críticas contra la actividad de la compañía que se instalará en Córdoba es el combo de libro y película El mundo según Monsanto , lanzados en 2008 por la periodista francesa Marie Monique Robin. Allí critica diversas actuaciones históricas que tuvo la compañía, que la llevaron a enfrentar prohibiciones y juicios millonarios en diversos lugares del mundo por las graves consecuencias que tuvieron algunos de sus productos.
El enfrentamiento por los alimentos transgénicos ha asumido en ocasiones planteos de tono apocalíptico. “Es que se termina volviendo una cuestión casi religiosa”, dice De Maio. “Se asumen posiciones ecologistas como una religiosidad secular. Se hace un uso incorrecto de los datos y se plantean temas que para el común de la gente son emocionalmente agradables, porque participan de movidas populares y sienten que están luchando por una causa justa. Es casi como ir a la procesión de Luján. Pero es difícil sostener esas afirmaciones con datos reales”. Algo parecido dice el físico inglés Freeman Dyson, para quien el ambientalismo ha reemplazado al socialismo como religión secular dominante.
El biólogo Montenegro dice que “resulta ingenuo asumir que una planta procesadora de semillas es solamente una industria. También es un acelerador de los procesos de monocultivo, contaminación y desmonte y un factor de consolidación del modelo depredador instalado en nuestro país”.
En su libro sobre el calentamiento global, el escritor Martín Caparrós sostiene que “la ecología supone una idea del fin de la historia, al fracasado modo Fukuyama: hasta acá llegamos, la evolución se acaba acá. De ahora en más todo funcionará según otro modelo, el de la degradación, la decadencia. La ecología suele remitir a una edad de oro, un mito tan antiguo: tiempos felices en que la naturaleza podía desarrollarse sin la interferencia de la maldad humana”.
Según un estudio del economista Eduardo Trigo para ArgenBio, publicado el año pasado, Argentina lleva acumulado un beneficio bruto superior a los 72 mil millones de dólares gracias a la introducción de los cultivos genéticamente modificados, desde 1996. Es un dato que jamás pasa inadvertido a la hora de abrir las puertas a las inversiones y a la llegada de las grandes compañías extranjeras. Sea en la megaminería o en la mega-agricultura.
Por eso, el intendente de Malvinas Argentinas, Daniel Arzani; el gobernador, José Manuel de la Sota, y la presidenta Cristina Fernández, quien recibió la noticia del emprendimiento en una reunión del Consejo de las Américas en Nueva York, son decididos defensores de las nuevas plantas de semillas. Los políticos se adaptan a las nuevas condiciones ambientales con más facilidad que las oleaginosas y cereales.

Ver Noticia On Line


Monsanto es el eje de una aguda discusión internacional

La compañía multinacional, de origen estadounidense, suscita polémicas en todo el mundo. Fue acusada, enjuiciada y sometida a millonarias demandas.
La corporación Monsanto es una multinacional creada en 1901 en Saint Louis, Estados Unidos, por el empleado de una industria farmacéutica, John Queeny. El nombre de la compañía fue un homenaje a su esposa, Olga Monsanto, y su primer producto fue la sacarina, empleada en la fabricación de la Coca Cola.
En la actualidad, luego de un espectacular crecimiento que la convirtió en una presencia habitual en casi todo el planeta, Monsanto se autoproclama “líder global en la provisión de soluciones tecnológicas y productos agrícolas que mejoran la productividad agropecuaria y la calidad de los alimentos”.
“El objetivo de Monsanto –señala en sus comunicaciones oficiales– es permitir que pequeños y grandes agricultores produzcan más en sus tierras y al mismo tiempo conserven más los recursos naturales de nuestro planeta, tales como el agua y la energía”. Monsanto, a contrapelo de sus críticos, afirma que sus aplicaciones científicas en los cultivos benefician claramente a la naturaleza.
Quienes se oponen al desenvolvimiento de la compañía en numerosos países hacen hincapié en que, entre los cientos de sustancias químicas que ha generado a lo largo de su historia, se cuentan el plaguicida DDT y el Agente Naranja, el defoliante usado por el ejército estadounidense en Vietnam con consecuencias trágicas sobre la población civil vietnamita y los soldados norteamericanos.
En el sonado caso del Agente Naranja, Monsanto no es la única compañía involucrada. El juicio que iniciaron los veteranos estadounidenses de la guerra de Vietnam en 1984 apuntó también a Dow Chemical y Diamond Shamrock. Este enfrentamiento terminó con el pago de indemnizaciones por más de 90 millones de dólares por el daño producido a los soldados. Las acciones judiciales que intentaron las víctimas vietnamitas, mucho más numerosas, no prosperaron en los Tribunales.
Monsanto también ha sido motivo de numerosas acusaciones y juicios en diversos países. Dos de las más grandes polémicas las tuvo por las víctimas que causó la comercialización del PCB usado como refrigerante de transformadores, luego prohibido, y de una hormona de crecimiento bovino, prohibida en Canadá y Europa por sus presuntos efectos sobre la leche.
El problema con el PCB que Monsanto producía en Anniston, Alabama, habría provocado casos de cáncer entre la población luego de haber contaminado el agua, la tierra y el aire de la zona. Según las víctimas, Monsanto ocultó la nocividad del PCB, y luego obtuvo la complicidad de las autoridades. La firma fue condenada a pagar cientos de millones de dólares para indemnizar a los habitantes del lugar, y el uso del refrigerante fue prohibido en Estados Unidos a partir de 1978.
Monsanto también produjo una hormona que fue acusada de producir modificaciones biológicas en las vacas (principalmente, mastitis), con las consiguientes consecuencias en la leche que estas producen, prohibida actualmente en Europa.
En 1976, la compañía comenzó a producir Roundup, el herbicida más difundido del mundo, y a partir de 1981 decidió que la biotecnología pasaría a ser su negocio central.
En 1995 consiguió que fueran aprobados la soja Roundup Ready, resistente al glifosato, y las papas NewLeaf y el algodón Bollgard, ambos resistentes a los insectos.
Monsanto está presente en Argentina desde 1956, cuando inauguró una planta de producción de plásticos en Zárate, provincia de Buenos Aires. Su primer establecimiento acondicionador de semillas lo abrió en 1978, en Pergamino, en la misma provincia.

Ver Noticia On Line


Qué son los transgénicos

Se les llama transgénicos a los organismos que recibieron uno o más genes provenientes de otra especie de la naturaleza (ya sean plantas, animales o microorganismos), para darles una particularidad diferente.
Es un procedimiento novedoso, conseguido gracias al avance de la ingeniería genética. A estos organismos modificados se les llama también organismos genéticamente modificados (OGM).
Por ejemplo, los científicos han introducido en una variedad de tomates el gen de un pez que habita en regiones frías para producir un tomate transgénico más resistente a las heladas. También existe un arroz transgénico, al que se le implantaron genes de narcisos y de una bacteria para conseguir que tenga mayor cantidad de vitamina A.
Ya existen ratones con genes humanos que se usan en experimentos científicos para que sus sistemas inmunológicos reaccionen igual que los de las personas y faciliten estudiar el efecto de nuevos medicamentos.
La ingeniería genética permitió también que Argentina anunciara este año la creación de la primera vaca del mundo que produce leche maternizada, como resultado de haber insertado dos genes humanos en el genoma bovino.

Ver Noticia On Line
.

0 comentarios:

Buscar este blog

Blog Archive

Temas

Archivo de Blogs