20 dic 2020

Los Sembradores de agua de las altas cumbres

 


La Voz del Interior (20/12/2020)
“Sembradores de agua”: voluntarios que reforestan las alturas

Como en otros sitios de las altas cumbres, siembran tabaquillos en la base del Champaquí. Historias de los que quieren recrear bosques.
“Yo vine a restaurar y a restaurarme”. En la ronda de presentación entre voluntarios y voluntarias, sobre el río Tabaquillos y a la sombra de las Sierras Grandes, Víctor resume en siete palabras el espíritu del viaje.
Junto a otras 30 personas, decidió dedicar su “finde” largo a trepar a dos mil metros de altura para plantar tabaquillos en la base del cerro Champaquí, el más alto de Córdoba.
“Sembradores de agua” se llama esta célula, la más joven de las varias que nacieron para reforestar las Sierras con esa especie nativa, emblemática de las alturas cordobesas.
La remediación en el punto elegido va tomando impulso con voluntades atraídas por el proyecto: además de forestar logran conectar con la naturaleza. El escenario es despojado y aislado, pero les genera una conexión más profunda que la del celular.
Un año atrás, con manos inexpertas pero con mucho corazón, realizaron la primera recolección de semillas en uno de los bosques de tabaquillos cercanos que aún resisten. Esas bolsas se convirtieron luego en más de mil plantines que germinaron en los patios urbanos de familias y de docentes de escuelas asociadas.

Tabaquillos por Zoom
Alexis Maidana es docente de Recursos Forestales del Instituto San Francisco de Asís, en Santa Rosa de Calamuchita. La pandemia alteró pero no aplacó el proyecto nacido en 2019: ya no pudo desarrollarse en el colegio pero cargó las semillas en su mochila y logró que 200 plantines florecieran en su casa. Sus alumnos siguieron ese proceso con clases virtuales.
“Nos inquieta el efecto ambiental de la pérdida de bosque serrano, hay cada vez más crecientes en la llanura y se debe a la falta de cobertura vegetal arriba; cada vez se retiene menos agua en las Sierras. Y lo que ahora se ve como normal es una consecuencia de cien años de deforestación. Esto trata de revertir la situación, muy de a poquito” reflexiona el profe.
Alexis espera que en 2021 sus estudiantes puedan pisar la montaña y llenarse sus manos con tierra recién movida.

El largo camino
El camino escarpado no es obstáculo: los pequeños tabaquillos que llegaron en camionetas por otra vía alternativa se reúnen con los voluntarios que desanduvieron 12 kilómetros de a pie, en varias horas de caminata por cerros, desde el paraje Tres Árboles.
La cadena de manos que trasladan los pequeños ejemplares se hace lugar entre piedras y pendientes, para llegar por fin a “la clausura”, un predio de poco más de una hectárea que fue cerrado con alambrado.
Es clave, para la supervivencia de los nuevos ejemplares que se levantan apenas centímetros del suelo entre los pajonales, protegerlos de los animales, que los devoran en su pastoreo. Deberán hacerse fuertes para sobrevivir. Por eso, la primera tarea fue alambrar el sector a reforestar.
Será una gota de bosque en el paisaje serrano. Pero nada avanza sin que se dé un primer paso.
Otra cuadrilla traslada el agua en bidones, desde el río. Y están los ahoyadores que perforan el suelo, palada tras palada. Y, claro, las manos que siembran. La manada está en marcha, siguiendo con atención la explicación de la agrónoma Ana Lund Petersen, de Río Cuarto.
Durante cinco días, irán llegando más voluntarios y otros se irán yendo, como en una posta, sin detener el trabajo en equipo. Bajo las estrellas más cerca del cielo que puedan verse en Córdoba, las carpas multicolores marca el campamento del grupo.
A Verónica Seimandi, profesora de educación física radicada en Córdoba, caminar entre los tabaquillos resembrados en Los Gigantes (Punilla) –donde el biólogo Daniel Renison comenzó con esa tarea hace dos décadas– la movilizó y se suma ahora a cuanta iniciativa de este tipo puede. Tras el aislamiento obligado por la pandemia –asegura- los compromisos de voluntariado se fortalecieron.
Paula Marcora es bióloga e investigadora del Conicet, y también realizó reforestaciones en Punilla junto a Renison, años atrás. Ella recalca los aportes como voluntarios, mientras sus manos desarman los terrones que cubrirán el cilindro de tierra que oculta la raíz. Y no disimula su emoción al ver ahora a tantos vecinos de su Santa Rosa natal en esa sintonía.
“Los bosques son formadores y protectores de suelo, y en las Sierras Grandes tenemos el reservorio de agua para consumo de toda la provincia. A su vez, son los que generan el espacio donde viven un montón de especies: la biodiversidad”, resume. “Sin esos bosques tenemos lo que hay alrededor -y señala la piedra pelada-, adonde no se acumula agua”, enseña la bióloga.
Márcora asume que en la multiplicación de estos movimientos de vecinos está el secreto del éxito de la resiembra. Ella cree que hoy es más importante conectar con el amor por la tierra que causar ecofobia con tanto dato apocalíptico.
“Estoy acá porque quiero devolverle a la naturaleza un granito de arena por todo lo que ella nos da, estoy tratando de hacer algo”, apunta Marina, comerciante de Oncativo, mientras hace equilibrio entre las rocas con un bidón lleno de minitabaquillos en cada mano. En su mochila, asoma un osito celeste: es que entre los voluntarios también están sus dos hijos.

“Hacer algo”
El guía de montaña Mariano Bearzotti, de la empresa Alto Rumbo, es uno de los generadores de la iniciativa. “Es sentirnos parte de la solución, tras entender que nuestro impacto muchas veces genera deterioros; toda actividad económica lo hace y por eso queremos un turismo más sustentable”, apunta.
“Plantar un árbol significa retener esas nubes de altura que pasan rasantes en la montaña y sembrar esas gotas en la superficie, sembrar agua en la montaña”, explica sobre el nombre del grupo.
“Creo en la suma de los esfuerzos minúsculos y en dejar de esperar que de arriba vengan todas las soluciones”, agrega Bearzotti.
Parte del financiamiento lo logran a través de Ecosistemas Argentinos, una ONG que tras años con estos voluntariados de reforestación en Córdoba logró unirse a una red internacional que obtiene fondos para resembrar tabaquillos en las alturas de América del Sur.
Para asegurarse recursos, este proyecto en el Champaquí tenía que cumplir la meta de mil plantas para 2020 y alcanzar las cinco mil en 2021.
Diseminados por las sierras cordobesas, hay otros grupos que llevan años con decenas de miles de tabaquillos plantados. Esos proyectos de reforestación más avanzados lucen en algunos predios de altura en Los Gigantes, en Altas Cumbres y en el sur de Traslasierra.

Una especie que debiera ser emblema de Córdoba
Tabaquillo. Es el nombre con que se conoce en Córdoba al Polylepis australis. En Bolivia y en Perú lo llaman queñoa o queuñoa. Es un árbol de chico a mediano, de la familia de las rosáceas.
Sólo crece en altura, sobre zonas montañosas. Según las regiones y los climas, lo hace arriba de los 1.200 metros en algunas y sobre los 3.500 en otras. Debe su nombre al color y a la textura de su tronco, que recuerda al tabaco. En la zona alta de las serranías cordobesas no hay otro árbol que pueda crecer arriba de los 1..400 metros, a excepción de los maitenes.

Como una utopía, un poco más cerca
“Sembradores de agua” es una mesa interdisciplinaria con ocho personas, que se apoya en el voluntariado de decenas más y de empresas convertidas en aliadas estratégicas. La firma cordobesa Trevo, por ejemplo, dona gorras y accesorios de montaña para vender. O la casa de indumentaria Comechingón, o Maderas Medina, de Santa Rosa, que suman con lo suyo. O la caravana 4x4 que trasladó los plantines hacia los cerros. La red va creciendo, para que la utopía no quede tan lejos.
Hay que levantar la vista para observar algún tabaquillo adulto aislado, sobreviviente entre las piedras, con su silueta vigorosa y su tronco rojizo. O trajinar para llegar a los reducidos bosques de ellos que quedan en pie, colgados de las laderas en quebradas, donde el ganado y el hombre no llegan. Encontró la forma de sobrevivir a la tala o a los animales, en lugares menos accesibles. Y allí sigue, resistiendo la extinción.
El desafío de revertir su retroceso va sumando voluntarios y soñadores. Que además de soñar, hacen algo para que ocurra.

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