6 jun 2011

Peatonal Córdoba: Arboles ausentes

Día a Día (06/06/2011)
Bancos y árboles, especies en extinción

En los últimos años, las intervenciones que sufrió la peatonal la fueron dejando sin verde, ni espacios de descanso público.
Los comerciantes del microcentro se quejan una y otra vez del “fracaso” a la hora de “erradicar” a los vendedores ambulantes de la peatonal. He aquí una erradicación exitosa: la que tuvo como objeto de prescripción a los asientos públicos en esa zona. En menor medida, los árboles han corrido una suerte.
Eso muestra el repaso por las intervenciones municipales y mixtas –la comuna con algún aporte privado– en la zona de la peatonal tradicional (las 20 cuadras que se despliegan en torno al eje 9 de Julio) y en especial sus plazoletas, durante la última década.
Aunque se hicieron en momentos diferentes, con materiales y hasta proyectos diversos, financiadas en mayor o menor medida con dinero de todos los cordobeses e interviniendo el espacio público, compartieron una filosofía: eliminar bancos y otros espacios que servían para el descanso y la permanencia gratuita a las miles de personas que circulan a diario por la peatonal.
Según la Fundación Centro, por hora y en día hábil, seis mil almas caminan la 9 de Julio. Ese número sube a 10 mil en la San Martín.
Desde esa entidad señalan, además, que la poda de árboles también fue en la misma dirección: en varios sitios resultó excesiva.
Plazas secas. Aunque la remoción de “obstáculos” es algo necesario para garantizar la seguridad, y deseable funcionalmente en un corredor donde debe fluir la circulación de gente, la proscripción de bancos no se justifica con ninguno de esos argumentos. De hecho, en todos esos lugares “liberados” proliferaron después las mesas y sillas de bares autorizadas por la comuna y, claro está, con uso pago.
Ejemplos en ese sentido son las plazoletas de la Compañía de Jesús (frente a la iglesia), La Merced (25 de Mayo y Rivadavia), Santo Domingo (Deán Funes y Vélez Sársfield), reconvertidas bajo la filosofía de “plazas secas”.
En igual sentido fue la refuncionalización del tramo peatonal de Obispo Trejo entre 27 de Abril y Caseros, y la peatonalización de Caseros desde esa esquina hasta Independencia. En la primera cuadra se eliminaron canteros, y en el área que se pensó como un paseo, a continuación de la cuadra cerrada al tránsito en la manzana de La Compañía, no se colocó ningún equipamiento público de descanso. Esta última tuvo aporte financiero de empresarios del área.
“Lo que muestran esos lugares es que con el argumento de ‘combatir’ la informalidad, en la presencia de vendedores ambulantes, se sacaron todos los lugares gratuitos para sentarse. Lo que subyace es ‘querés sentarte, pagate un bar’. En cualquier ciudad europea, de esas que miramos tanto, hay bancos para sentarse en sitios como esos”, señaló Alejandro Cohen, urbanista y docente de la Universidad Nacional de Córdoba.
“Es la idea de shopping a cielo abierto, que largó en la gestión de (Germán) Kammerath. No se quiere que la gente se siente con un criterio clasista, casi racista. Es un concepto de vacío, espacios sin permanencia de gente”, razonó Agustín Ambrosini, de la Fundación centro. En definitiva, espacio público intervenido con filosofía sólo comercial.

Hacia un espacio público “amable”
“Al centro se le viene haciendo un vacío y no se lo piensa teniendo en cuenta a la gente. Es un criterio totalmente a destiempo de lo que está consensuado en el mundo, que hoy trata al espacio público como un derecho del hombre: la gente tiene derecho legal a su uso y acceso, entonces hay que preguntarle a ella cómo intervenirlo”, explico Pablo Capitanelli, arquitecto abocado a proyectos sociales.
El especialista llama la atención sobre la importancia de los sitios de cruce y mixtura social, como la peatonal: “El espacio público es el soporte de lo que pasa en él. Si hoy lo crítico es la relación entre la gente y los problemas para encontrarse, la arquitectura puede ayudar a resolver eso creando espacios más amables”, o profundizar la exclusión dividiendo en función, por ejemplo, al poder adquisitivo.
Una filosofía en algún punto similar seguía, por lo que hasta ahora trascendió, el proyecto de la Intendencia que implicaba sacar las pérgolas. Si bien resta ver si estas estructuras deberán modificarse por mandato de la seguridad, las imágenes que se difundieron mostraban el espacio totalmente desprovisto de bancos, tal como ya se hizo en 25 de Mayo entre San Martín y Rivera Indarte.
El retiro de las pérgolas implicaba además sacar las plantas que guías, las Santa Rita. Los arquitectos consultados en esta nota coincidieron en que son clave para bajar la temperatura en la peatonal (la reducen 10 grados), una zona con altísima concentración de cemento que puede tornarse “intransitable” en épocas calientes si se la deja sin elementos verdes. “Ya hubo otros casos de poda y extracción de árboles excesiva; con la excusa de que sus raíces producían daños se avanzó en forma abusiva sobre el verde y no se lo reemplazó. Tampoco se cuida y se mantiene correctamente la vegetación que resiste”, aseguró Ambrosini.
Así, los sitios de descanso público quedaron acotados a la plaza San Martín y del Fundador.

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Una oportunidad para hacerlo bien

La cantinela miope que señala que es “una pérdida de tiempo” (o “un modo de que nada se haga”) planificar la obra estatal en el espacio de todos en forma democrática, consultando a cada sector aludido, siguiendo sin trampa cada procedimiento previsto por las leyes (estudios de impacto, protección patrimonial, etcétera), es, además de autoritaria, muy útil para hacer negocios desde el Estado o beneficiar a pequeños sectores. Al tiempo, y cuando baja el encandilamiento por “lo bonito que quedó”, aparecen déficits más profundos.
Muchas de las intervenciones realizadas en los últimos años en la peatonal –un corredor comercial e histórico y quizá el espacio de mayor heterogeneidad social de la ciudad– muestran malas consecuencias de ese obrar: espacio público mejorado con dinero de todos que se hizo eco sólo de los intereses de algunos (otrora plazas para disfrutar convertidas en páramos sin equipamiento gratuito), concentración de trabajos en un sitio y olvido de otros, y superposición de obras por error, capricho o falta de plan. Algunos de los grandes proyectos que ejecuta la Provincia en esta capital también largaron con ese derrotero (la demolición de Casa de Gobierno es el caso más emblemático).
Y el flamante “affaire” municipal de las pérgolas tiene mucho de eso: reacción espasmódica, falta de planificación seria y avasallamiento de un patrimonio comunitario de la ciudad sin la previa y necesaria puesta en común colectiva. Esto último, necesario incluso para exponer, claramente y en detalle, los lógicos argumentos de la seguridad. Bajada la espuma, hay una oportunidad para hacer las cosas bien esta vez, ¿se aprovechará?

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