9 jun 2014

La fundación 'ambientalista' que apoya los agrotóxicos

El Puntal de Río Cuarto (09/06/2014)
Agricultura y plaguicidas. Información para nutrir un debate responsable

“Con educación, regulación y control podemos alcanzar altos niveles de producción sin dañar el medioambiente y la salud humana” es una de las conclusiones principales del libro “Agricultura y plaguicidas. Un análisis global”.
La Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA) publicó el libro titulado “Agricultura y plaguicidas. Un análisis global”, que fue escrito por el Ing. Guillermo March, profesor en la Universidad Nacional de Córdoba, Universidad Nacional de Río Cuarto e Investigador del INTA. El objetivo principal que guió a la realización de este libro fue acercar información creíble y fundamentada para un debate serio en torno al medioambiente, la salud humana y la producción agropecuaria.
Este trabajo de FADA está guiado por el esfuerzo de gran parte de la comunidad agroalimentaria por mejorar la forma en que produce alimentos y energía. La iniciativa se ve reflejada en diversas actividades y acciones como la Mesa de Buenas Prácticas Agropecuarias de Río Cuarto, en donde de manera periódica se reúnen 14 instituciones de la comunidad agroalimentaria para discutir estos temas y llevar a cabo acciones tendientes a lograr la máxima producción posible con los menores impactos ambientales y sociales posibles.
Estas discusiones son esenciales para un mundo que para mediados de este siglo debe duplicar la actual producción de granos para alimentar los 9.000 millones de habitantes que poblarán nuestro planeta. Será entonces necesario centrar el esfuerzo en disminuir las brechas productivas, entre cuyas principales causas están las plagas, las malezas y las enfermedades. Para continuar aplazando aquella visión apocalíptica de Thomas Malthus en su “An Essay on the Principle of Population” de 1798, presagiando que el aumento exponencial de la población mundial y la falta de alimentos significarían grandes hambrunas.
Según la información contenida en el libro, en los últimos 50 años (1960-2010) la producción global de los principales cereales (arroz, maíz, trigo) ha tenido un incremento constante, pasando de 643 a 2.200 millones de toneladas, para alimentar a una población que en igual período creció de 3.039 (1960) a 6.854 millones (2010). Los avances tecnológicos en ese período, permitieron obtener por unidad de superficie dedicada a la agricultura, una producción prácticamente tres veces mayor que la lograda en 1960.
Mientras a comienzos de la década del ´60 el consumo promedio por habitante alcanzaba las 2.360 kcal/día por habitante, en los países industrializados el promedio estaba en las 2.900 kcal/día y en los países en desarrollo apenas sobre 2.000 calorías /día. En solo 30 años se alcanzaron 2.800 kcal/día promedio, 2.680 en los países en desarrollo y 3.380 en los industrializados (FAO, 2002). Estas cifras globales esconden importantes diferencias regionales; mientras en Asia y América Latina la producción de alimentos por habitante aumentó en un 76 y 28% respectivamente, en África fue 10% menor que en 1960.
El autor explica que, si bien se experimentó a nivel global una marcada disminución en el número de habitantes en condiciones de hambruna y difícil acceso a los alimentos, aún siguen existiendo alrededor de 870 millones en estas condiciones, lo que represente el 12,5% de la población mundial (FAO, WFP y IFAD, 2012). Según FAO, fue el paquete tecnológico que caracterizó la “revolución verde” -nuevas variedades, fertilizantes, plaguicidas, riego-, el que permitió aumentar marcadamente las cosechas, especialmente en algunos países en desarrollo de Asia y América Latina.
Si bien existe la posibilidad de expansión de las áreas destinadas a agricultura -especialmente en América Latina y África-, se coincide en que el aumento de la producción deberá realizarse principalmente a partir del incremento de los rendimientos para mejorar la seguridad alimentaria, preservando a la vez los recursos naturales, la biodiversidad y el sistema climático. Para lograr ello deberemos centrar nuestro esfuerzo en disminuir las brechas productivas (20-80% en arroz, maíz, trigo), enfocando los esfuerzos en los principales factores determinantes de ellas en cada región del mundo.

¿Por qué se usan los plaguicidas?
La introducción de los plaguicidas orgánicos de síntesis para controlar plagas en la agricultura (plagas animales, patógenos, malezas), fue una de las tecnologías de más rápida adopción en la historia de la agricultura mundial. Si bien su difusión masiva comienza luego de la II Guerra Mundial, esta se acentúa desde los años ´60 con la “revolución verde”, basada especialmente en el uso de nuevas variedades de cereales para consumo humano directo (trigo, maíz, arroz), riego, fertilizantes y plaguicidas, resume el Ing. March.
Si bien normalmente consideramos a los plaguicidas como una tecnología para el control de plagas en agricultura, su uso también se extiende al control de plagas que afectan de manera directa a los seres humanos en el hogar y al ganado, vectores de enfermedades en ambos casos, y plagas que afectan actividades de recreación (céspedes, parques, jardines, monumentos, lugares públicos), e incluso a las construcciones (viviendas, instalaciones industriales). Particularmente, Cooper y Dobson (2007) -Instituto de Recursos Naturales de la Universidad de Greenwich (Gran Bretaña)-, realizan un detallado y amplio trabajo en el cual citan 26 beneficios primarios inmediatos y 31 beneficios secundarios a largo plazo, derivados del uso de los plaguicidas; la mayoría de los cuales van más allá de simplemente disminuir las pérdidas por agentes bióticos en los cultivos. Además, estos autores destacan enfáticamente que, “para maximizar los beneficios del uso de los plaguicidas con un mínimo impacto sobre la salud y el ambiente, deben ser usados bajo estrictas regulaciones por personal adecuadamente entrenado y equipado, e integrado con otras tecnologías”. Acentuando la necesidad de centrar el debate en la regulación, la educación y el control, en lugar de la prohibición, enfatiza el autor.
De acuerdo con Whitford et al. (2009), de la Universidad de Purdue, “comprender los beneficios (de los plaguicidas) nos ayudará a poner los riesgos en perspectiva”, ya que, no debemos olvidar la función social central que tiene la agricultura argentina: alimentar a 400 millones de personas, generar más de 3 millones de empleos en el país, generar el 60% de las divisas para el desarrollo del país e importantes recursos tributarios para financiar servicios públicos indispensables como la educación y la salud pública y gratuita, agrega Carolina Bondolich, Directora de FADA, a los contenidos del libro. Concluyendo que, por estas razones, sería bueno darnos la oportunidad de tener un debate seria basado en el conocimiento y la información.

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