17 sep. 2016

El desdén por los árboles gana

La Voz del Interior (17/09/2016)
Poco espacio para que se instale la primavera

Aportan mucho a la calidad de vida, tienen bajo costo y gran impacto paisajístico, Pero el desdén por los árboles gana.
La primavera arremete con nuevos brotes, pero sólo donde puede. En muchos barrios de la ciudad de Córdoba, las veredas siguen el pleno invierno y luego pasarán directo a un verano desértico: el arbolado público tiende a extinguirse en amplias zonas, comenzando por el Centro.
Nadie sabe a ciencia cierta cuántos árboles hay, y menos cuántos faltan. Las políticas públicas se limitan a plantaciones puntuales –por lo general, con fotos de funcionarios pala en mano–, pero luego no se realizan los cuidados para asegurar la sobrevivencia de esas plantas. En varios accesos a la Circunvalación, hay carteles de la Provincia que anuncian nuevos árboles, pero están rodeados de ejemplares secos.
Los planes forestales masivos y técnicamente sustentables no llegan nunca. Pese a poseer funciones relevantes para la calidad de vida urbana, bajo costo y gran impacto paisajístico, el desdén por el arbolado urbano es notable en todos los niveles de responsabilidad, incluido el de los vecinos.
Además de atraer pájaros y dar sombra en verano, el arbolado urbano cumple gratuitamente funciones de reducción de la temperatura, disminución de los contaminantes atmosféricos, captación de dióxido de carbono, amortiguación del ruido, efecto cortaviento y retención del agua de lluvia, entre otros beneficios.
Nada de eso parece alcanzar para que el Estado asuma la responsabilidad mínima de enterrar semillas, trasplantar retoños y luego plantar árboles. La inversión económica que requiere ese proceso podría ser muy baja, y en las universidades de Córdoba sobran conocimientos para el diseño de un plan forestal como el que tienen casi todas las ciudades del mundo, donde el verde urbano es una política en serio.
En Córdoba, la ordenanza 7.000 es una de las más incumplidas. Esa norma prohíbe talas y podas, pero también exige que todos los inmuebles de la ciudad –sean construidos o baldíos– cuenten con arbolado, con las correspondientes cazuelas y tutores para proteger a los ejemplares, y con el riego necesario. Son obligaciones que debe cumplir el frentista.
El municipio anunció días atrás la primera medida con visos de sustentabilidad respecto del arbolado, en mucho tiempo: entregar un ejemplar a los padres de cada recién nacido. Es una política sencilla y de gran valor simbólico, que funciona en muchas ciudades. Puede ayudar a que unos 25 mil árboles se sumen cada año al espacio público y que alguien se haga cargo de su cuidado. Pero no alcanza para revertir el déficit de la Capital, que se estima en más de 500 mil árboles.
Menos alcanzará si la destrucción de los árboles existentes mantiene su ritmo actual. Porque si muchos árboles mueren a poco de ser plantados, otros son destrozados cuando llegan al tamaño propio de los ejemplares adultos: por estos días, de eso se encarga la “poda preventiva” de Epec.
Esa acción está autorizada, dado que se realiza para despejar el espacio de las líneas eléctricas. Pero el modo devastador con que realizan ese trabajo es una condena para centenares de árboles.
La escena se reitera en todos los barrios capitalinos con arboledas frondosas, y también en las rutas, donde la poda es todavía más brutal. Nadie evita, en tanto, que los pocos árboles nuevos no se planten justo bajo los cables.

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