29 mar. 2016

Repodridos de los desbordes cloacales



La Voz del Interior (29/03/2016)
Repodridos: el drama de vivir esquivando charcos de cloacas desbordadas

Cada día se siguen produciendo múltiples derrames en la Capital y la gente convive con los líquidos malolientes. Relatos de un problema cotidiano.
Cómo aspirar a ser una gran ciudad si no existe conciencia social de que arrojar residuos a las cloacas seguro representará un problema para el vecino? ¿Y cómo es posible tener un medio ambiente sano si autoridades y empleados del Estado no pueden o no quieren solucionar los frecuentes desbordes cloacales?
En la ciudad de Córdoba se ha llegado a un punto en que ya es insoportable convivir todos los días entre malolientes líquidos que contaminan la salud y el ambiente. En cada barrio, la gente está harta de pisar materia fecal en calles y veredas, y salpicarse con aguas servidas. Reclama rápido ante cada colapso de red, pero la mayoría de las veces no halla respuestas. Por su parte, el municipio responsabiliza a los vecinos por tirar elementos en las cañerías cloacales que producen severos taponamientos.
La Voz del Interior quiso saber cómo impactan en la vida cotidiana de los ciudadanos los continuos desbordes, cuánto hace que padecen estas desgracias y de qué manera se las ingenian.
Nadia Yáñez vive en un edificio de calles Martín García esquina Maciel, en barrio San Martín. Desde febrero brotan efluentes desde una tapa, que se estancan o discurren a lo largo de varias cuadras. El aire es irrespirable. El tramo más afectado se extiende entre Europa y Maciel. Nadia y su perro paralítico no pueden cruzar la calle. “Lo sufro cada día, es un foco infeccioso; voy a tomar el colectivo y debo pegar saltos; a mi mascota no puedo sacarla a pasear porque se enchastra”, señala. Una vez un auto la salpicó cuando iba rumbo a su trabajo y tuvo que regresar a cambiarse la ropa. “Me acostumbré: si pasa un auto me alejo del cordón y corro hacia alguna casa, pero igual te suelen mojar”, admite.
Otra desagradable episodio que Nadia recuerda es de quienes hacen cola en la vereda para comprar en una verdulería, con líquidos alrededor. Indica que el agua está “podrida” y que los camiones van “día por medio” a desagotar. También dice que al entrar a su departamento se saca las zapatillas para no ensuciar. “Si llueve, todo es peor aún; se mezcla cloaca y agua, no sabés dónde caminás”, reconoce.
Carlos Distefano dice que lleva “10 o 12 años” soportando desbordes “de materia fecal, orina y desperdicios” en Amado Azar 4030, barrio Las Lilas. Asegura que el problema lo genera una planta cloacal de la Provincia –sita en calles Sofía de Luque y Azar– transferida a la Municipalidad. “Reclamamos al municipio pero nunca envían camiones, siempre hay paro de empleados o dicen que no molestemos porque la planta es provincial; y en el Gobierno tampoco se hacen cargo ni la mantienen”, critica.
Carlos afirma que su esposa se enfermó de la vista por la contaminación existente. “Un oftalmólogo nos dijo que su problema es afín a la mugre del ambiente; y también mi hija, discapacitada mental, sufre”, dice. “No sé cómo hacen los que se bajan en la parada del colectivo que está justo frente a la planta”, comenta. Y precisa que las aguas servidas circulan “como ríos” por la calle y que los niños del barrio la pisotean
La vida de su familia se transformó en un calvario. “Cerramos ventanas para no respirar los olores, frente a mi casa se formó una costra y tengo que echar lavandina o cloro puro, hay que ingresar el auto a la cochera con vaya a saber qué cosa pegada, y una vez hasta me multaron por tirar agua con una manguera para limpiar los excrementos que se habían depositado”, remarca enojado.

Más testimonios
Julieta Elies reside en barrio Villa Cabrera. Admite que aprendió “a convivir” con los derrames de la esquina de calles Italia y Castellanos. “Una vertiente de aguas servidas rebalsa desde una tapa apenas caen dos gotas de lluvia; pasamos semanas enteras con ríos de cloacas que apestan y obligan a que permanezcamos con las ventanas cerradas, incluso cuando hace calor”, afirma. Para colmo, los líquidos que bajan desde zonas altas se acumulan en distintas calles del barrio. “Van de vereda a vereda y cada auto que pasa, salpica; cuando salgo con mis hijos a la calle les grito ‘corran’, o los alzo para que no se contaminen”, dice.
Con la última gran tormenta de febrero, el municipio envió camiones para desobstruir las cloacas, pero quedó barro en las veredas que los vecinos debieron limpiar. “Tiramos lavandina para desinfectar; había un olor horrible”, recuerda Julieta. Los vecinos denuncian el problema a los medios a través de un grupo de WhatsApp. “Estamos indignados”, expresa.
Ángel Ontivero vive en barrio San Lucas, sudeste de la Capital. Desde las fiestas navideñas convive con líquidos cloacales en las calles. Sufre de asma y el repugnante olor le oprime el pecho. “Se siente fuerte y debemos cerrar toda la casa”, sostiene. Muchos vecinos del barrio sufren la situación. “Los chicos juegan en la calle, donde hay caca desparramada, y los autos los bañan con esos líquidos, que son perjudiciales para su salud”. En San Lucas, las veredas adoptaron un color verdoso, varios árboles se secaron, los roedores parecen mascotas domésticas y los mosquitos proliferan en días calurosos. “Ya ni podés salir a conversar o tomar un mate en la calle del olor que hay”, sentencia Ángel.

Reclamos en el Facebook de La Voz
Ingrid Heredia. “Hace semanas están desbordadas las cloacas en calle Obispo Castellano, barrio Müller. Son 10 cuadras de pura contaminación. Llegamos al punto de no abrir las ventanas. Las desatrancaron y a los dos días brotaban de nuevo”.
Nicho Gori. “En Artigas 366, durante dos semanas estuvo lleno de caca por todos lados. Imaginá cómo afecta tu vida cuando es un foco infeccioso”.
Moira Brugiafreddo. “Pascual de Rogatis y Gaona. Se me desborda en casa día a día. Los plomeros insisten en que el problema es de afuera, no de adentro. Mal olor y suciedad. ¡Beba en camino!”.
Estela Espíndola. “Vivo en barrio Chingolo 3 hace casi ocho años. Desde entonces la avenida principal tiene cloacas rotas. Es un desafío cruzar la calle y llevar chicos al colegio o al dispensario en un coche que hay que desinfectar”.

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