5 feb. 2016

Reserva San Martín: por una cultura del cuidado

La Voz del Interior (05/02/2016)
Por una cultura del cuidado

El caso de los árboles arrasados en la reserva San Martín de la ciudad de Córdoba muestra nulo respeto por la propiedad pública y el medio ambiente, una actitud que el Estado debe sancionar, y la sociedad, repudiar.
Como bien sabemos, lo que es de todos no es de nadie. Quizá por eso cada uno dispone de la propiedad pública a su antojo. Por estos días, una nueva muestra de la desaprensión con la que propios y extraños se ensañan con el patrimonio público es lo acaecido en la reserva San Martín, a metros del Estadio Kempes en la ciudad de Córdoba, cuando una empresa desarrollista invadió con topadoras ese predio, para desmontar numerosos árboles.
Inútiles son las explicaciones referidas a que la empresa en cuestión debía construir un cortafuegos –ese corredor despejado de vegetación que sirve a los efectos de contener un eventual incendio–, dado que la operación debía realizarse dentro del terreno afectado a la obra. Pero quienes la concretaron prefirieron derribar un alambrado y despejar de árboles el lado oeste de la reserva, a lo largo de más de 100 metros, lo que lleva a pensar en la más estricta intencionalidad.
Siempre es posible acomodar las cosas luego de que se ha tropezado con alguna ordenanza, como bien lo saben quienes a diario las transgreden en todos los órdenes y luego apelan a los mecanismos de excepción. Que siempre aparecen.
Es que en el imperio de lo excepcional, las transgresiones tienen muy bajo costo. Casi siempre las sanciones a aplicar no pasan de multas insignificantes que a los causantes les conviene abonar si a cambio obtuvieron un beneficio que supera con creces al castigo.
El caso de la reserva San Martín es paradigmático por otras cuestiones. Por ejemplo, por su carácter de pulmón verde en una ciudad casi sin árboles, donde nadie planta nada pero todo el mundo arranca lo plantado, tarea en la que colaboran los particulares, las empresas públicas y hasta el municipio.
Aún más grave resulta constatar que la re­serva es cuidada por una asociación de amigos que ha bregado en los últimos años de forma incansable por su preservación. Para colmo, la ciudad sigue sin contar con un programa de arbolado, en una provincia en la que años atrás se anunció un plan de dos millones de árboles, nunca cumplido.
La sanción –tibia– que esta vez se impondrá a los autores del desmonte es la de reponer lo talado, lo que nos lleva a preguntarnos cuántas veces estos castigos se cumplen.
Lo que urge es instaurar una cultura de cuidado del medio ambiente, tanto como una mayor severidad para con quienes la transgreden. Pero, sobre todo, que los funcionarios entiendan que no se puede seguir procediendo, tardíamente, sobre los hechos consumados. Las empresas involucradas deben asumir la responsabilidad de que desarrollo y depredación no vayan de la mano. De lo contrario, como sucedió con ciertas especies animales, a nuestros árboles las generaciones futuras sólo podrán conocerlos por fotos.

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