23 nov 2019

Impulsan huertas desde la soberanía alimentaria



La Voz de San Justo (23/11/2019)
Dueños de la tierra

¿De dónde viene lo que comemos? Esa pregunta con la soberanía alimentaria tiene respuesta directa porque es producida por la propia gente, con sus manos que labran la tierra, con el poder que reside en los pueblos.
La Real Academia Española define - entre otras semejantes - a la soberanía como un poder político supremo que corresponde a un Estado Independiente. Como lo escuetos que son los significados de esta institución no alcanzan, durante siglos distintos teóricos políticos han intentado llenar de otra significancia al concepto.
Por ejemplo, para este informe es mejor hablar de la soberanía como un poder que reside en ese Estado independiente, libre que además está formado por personas, individuos que lo ejercen y apropian. Un poder originario que le delegan a una clase dirigencial para decidir en nombre de todos ¿Se asemeja a la democracia no? Claro. Ambos van de la mano.
Ahora mediante este ejercicio conceptual agreguemos a la palabra soberanía contexto social y cultural y así podremos pensarla en relación a los alimentos. Así podemos decir que cuando hablamos de soberanía alimentaria es un sistema basado en que cada uno pueda comer lo que quiera, no solo teniendo garantizada la comida, sino que puedan elegir qué comer.
La situación lleva a un sinfín de preguntas ¿De dónde viene esa lechuga? ¿Quién la puso en la tierra? ¿Cuánto ganó el trabajador rural que dedicó su tiempo y trabajo a eso? ¿Qué beneficios tienen las industrias y los magnates del sector de esa comercialización? ¿Qué pasa con el medioambiente? O más sencillo, ¿Qué clase de alimento estoy ingiriendo?
Con esos interrogantes surgen respuestas a un proceso que se gesta entre la horizontalidad y desde la perspectiva comunitaria llamado soberanía alimentaria. En algunas partes más adaptado y en otras como San Francisco aún incipiente y dispersado.
Se trata sí de un modo de organización y visión de la producción que no puede estar resumido a la industrialización y la cadena tradicional que plantea el mercado, pero no por eso se debe ver como simple hipismo porque el rédito aquí puede ir mutando desde un mero hobby familiar, hasta una oportunidad para los más desamparados y un guante que recoge el Estado y convierte en política institucional.
En el corazón del predio de la Sociedad Rural Graciela Gasparetti, la titular de la Agencia de Extensión Rural de INTA San Francisco es la cara visible del programa Pro Huerta presente desde hace casi 25 años acá. Lleva un registro de huerteros en todo el ámbito donde tiene competencia que lleva a 400 identificados, aunque hay otros anónimos surgidos de la cultura de compartir lo que excede entre las personas.
Su área de trabajo comprende desde Freyre hasta la línea de la ruta 13 hacia el sur; y desde San Francisco hacia el oeste llegando a Arroyito. Pese a esto porque compartimos el mismo contexto también amplían por cercanía a los vecinos de Frontera, Estación y Josefina, aunque jurisdiccionalmente pertenezcan a la Agencia de Rafaela.
Entre las hojas de ese registro hay instituciones gubernamentales y ONG, escuelas y huerteros individuales que desarrollan proyectos familiares y como emprendimiento comercial.
El camino de la soberanía alimentaria y las huellas que quedan a su paso nos llevó desde la Sociedad Rural a Frontera. Un Frontera profundo, como lo describe Gonzalo Albo, en el corazón de barrio San Roque donde funciona en un amplio predio el Merendero - Escuela La Amistad.
La práctica nos obligó a tomar las calles de nuevo, cruzar todo San Francisco e ir a otro corazón el de barrio Plaza San Francisco donde Ana y Roberto Molar también están atravesados por este tipo de soberanía y en el medio cruzamos verdulerías, empresas, fábricas, supermercados donde las frutas y verduras ya no las vimos más de la misma forma.
Tanto en el merendero donde Gonzalo Albo trabaja full time en la huerta, como en la casa de los Molar, practican un tipo de trabajo desplegado en el INTA que está basado en el asesoramiento para desarrollar la agricultura ecológica. Se trata de un tipo de cultivo que se asocia con el no uso de agroquímicos.
En el merendero trabajan con otro concepto que Gasparetti llamó concebir a la huerta como sistema. No es solo un espacio para producir alimentos sino también que se pueden reciclar residuos, aprovechar elementos de la basura para hacer plantines, servir como lugar de encuentro y de expansión de las huertas a vecinos que estén interesados o se les despierte la curiosidad.
Giuliano Albo, uno de los profes de La Amistad, se dedica durante la semana a corregir pruebas y planificar clases pero cuando llega a barrio San Roque agarra la pala, se mimetiza con la hierba rebelde y le hace surcos a la quinta para que las semillas broten y las verduras crezcan. A su alrededor los chicos se interesan, preguntan qué hace y por qué lo lleva adelante.
Son 30 x 4 metros de tierra cultivada que le da a falta de plata una buena bolsa de alimentos sanos y naturales para consumir en sus casas, devolviéndole a los colaboradores no dinero sino lo producido.
Donde él está trabajando un sábado caluroso por la tarde es el corazón de Frontera, un Frontera profundo en barrio San Roque; y en un merendero que excede esa definición y se convirtió en un espacio de educación no formal que existen. Ahí la vedette es la quinta.
En el otro extremo en barrio Plaza San Francisco donde Viven Ana y Roberto Molar no solo se escuchan los pájaros y predominan las plantas. Allí hace mucho había un cortadero de ladrillos cuya tierra estaba bastante maltratada.
El matrimonio está jubilado y decidieron trabajar con la huerta, las plantas y los frutales como una forma que empezó como hobbie pero se convirtió en una forma de autoabastecimiento. Su huerta por el momento es de orden familiar e incluso ha tomado una forma adaptada a su gusto.
Los Molar están experimentando y entienden que recién están empezando. Lo viven como un proyecto que no está estructurado tanto así que donde siembran y hacen canteros no es un espacio fijo sino desperdigado porque depende de todo lo que puedan recuperar de esa tierra maltratada.
La recuperación, contaron, que se hizo con compost hecho con el humus de lombriz y que aún mantienen en el patio. Mezclan la tierra existente con eso y después la naturaleza también hace lo suyo.
Gasparetti explica que desde hace un tiempo notaron un cambio en los huerteros que ya no ven las quintas como un complemento, sino que quieren estar seguros de lo que consumen y así tener en cuenta qué comer, en qué momento hacerlo y por qué.
Para Albo la huerta fue una capacitación - intensiva - sobre cómo desarrollar habilidades y conocimientos para mantener vivas a las semillas y que surjan las verduras. En el caso de los Molar se trata primero de una cuestión de satisfacción porque consumen sus propios alimentos, saben qué comen y aunque parezca increíble el sabor de eso es otro, especial. También se transforma en una suerte de alivio en la parte económica porque como toda la verdura tiene su costo y ya hay cosas que no necesitan más ir a los negocios para tenerlas.
Giuliano les transmite a los chicos del merendero la importancia de saber qué comen y que esto sea natural, libre de la contaminación y cualquier otro agregado industrial. Es algo que cualquiera puede hacer como los Molar predicaron con el ejemplo y sus hijos también están incursionando en el tema.
Con el transcurso del tiempo si bien esto empezó con huertas familiares hoy hay instituciones y ONG, escuelas y cada vez más emprendedores que empezaron con lo que llamamos huerta con excedente. Nace producto que quien tenía más de lo que consumía le vendía a los vecinos; eso impulsó emprendimientos y prácticas derivadas de la economía social.
El producir - dice Giuliano - y alimentarnos de la huerta permite trocar alimentos, dejar de consumir bolsones. Pasar de ser clientes de partidos políticos a ciudadanos autónomos, productores que pueden controlar su vida alimentaria.
En épocas donde se habla de ley de emergencia alimentaria esto debería ser una herramienta que no es tenida en cuenta por los municipios y por eso dice Albo es algo sencillo: "poner un terreno visible en cada barrio, alambrarlo y poner un encargado. Que los vecinos se sumen y se vayan a sus casas con una bolsa llena de alimento".
Es lo que dice Graciela un espacio de encuentro, de compartir que necesita estímulo estatal para seguir fluctuando, para que lo que se enseñan en los merenderos como La Amistad o en casa de los Molar no sea una gota que se diluya.
A pesar que San Francisco como ciudad tiene algunas limitantes la soberanía alimentaria ha ido construyéndose y supo adaptarse al contexto por la práctica de quienes adoptaron - aun sin saber el término quizás - esta práctica.
Por un lado, la ciudad no tiene agua propia, sino que es "importada" por lo que hay que calcular bien las cantidades; tampoco hay un cinturón verde ni cultura de trabajo en huertas a nivel empresarial o de negocio que se puedan reunir en ferias o mercados, todos sistemas desprendidos de la economía social. Todo esto le daría valor agregado al sistema, mientras tanto, la soberanía alimentaria existe y resiste.

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