18 dic. 2016

Costanera y esfuerzos inconstantes



La Voz del Interior (18/12/2016)
El eterno desafío que llamamos Costanera

La avenida costanera resume las últimas tres décadas de la ciudad de Córdoba. Recorrerla es constatar la dificultad de la Capital para avanzar en proyectos estructurales; sus gigantescos bolsones de retroceso social, fragmentación y abandono en la zona este; su histórica negación del río que le dio vida, y sus últimos años de esfuerzos inconstantes.
En este itinerario también se inscriben ahora proyectos importantes de la Provincia y la vieja aspiración municipal de extender la Costanera hasta Villa Warcalde. Será un recorrido futuro el que indique si eso fue posible. Cuesta imaginar alguna de esas promesas sobre esta realidad.
La Costanera se llama –con justicia– Intendente Ramón Bautista Mestre. En sus gestiones fue concebida y tuvo su avance mayoritario esta avenida de manos invertidas (la circulación debiera ser en sentido contrario para respetar las normas de tránsito) pensada para acompañar al Suquía en todo su trayecto urbano.
En los años de Rubén Martí, la Costanera y los nuevos puentes siguieron avanzando, aunque a menor ritmo. Los 12 años siguientes se sucedieron numerosos proyectos de Germán Kammerath, de Luis Juez y de Daniel Giacomino, con sus respectivos fracasos, y la Costanera no avanzó un solo metro. Tampoco mejoró el entorno.
En la primera gestión de Ramón Mestre hijo se construyeron 1.500 metros de la costanera sur, entre los puentes Sagrada Familia y Turín. Ahí la calle está flamante y bien demarcada, pero su uso es escaso de día y casi nulo por la noche: a la altura de Villa Urquiza, los automovilistas la consideran inaccesible por la inseguridad, pese a la presencia de policías. La basura también evidencia otros problemas en ese sector.
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Lo real es que en la última década la Costanera perdió mucho más de lo que ganó: se extendió en 1.500 metros de uso condicionado en una mano hacia el oeste, pero se volvieron inaccesibles casi cuatro kilómetros en el extremo este, desde el vado Sargento Cabral hasta la Circunvalación. No se trata de un problema vial. Se trata de un drama social que multiplicó la inseguridad a niveles tan alarmantes que ni siquiera de día hay tránsito.

No pase
Al tomar la Costanera desde Circunvalación, lo primero que aparece es un puesto policial. Desde hace más de un año, la advertencia es clara: “No avance, es un tramo peligroso”. Quienes deciden continuar pueden acceder a Campo de la Ribera, pero luego encuentran graves dificultades.
La Costanera por momentos desaparece por el mal estado del pavimento, los escombros y la basura. El avance es muy dificultoso y los riesgos de sufrir un ataque son altos a la altura de El Trébol y Villa Inés, aun en pleno día.
El tránsito es casi nulo desde Circunvalación hasta la rotonda de calle Monteagudo, en barrio Müller, donde la Costanera se bifurca a ambos lados del río. Hasta ahí, esa avenida es un pasivo urbano: la ciudad perdió ese acceso.
Desde la rotonda de calle Monteagudo hasta el vado Sargento Cabral, ambas manos transcurren con baches aislados en un entorno de malezas controladas, basura dispersa, escombros y enormes espacios verdes descuidados en torno al río: las posibilidades desaprovechadas son otra constante en este itinerario.
Nada cambia sustancialmente hasta la altura de Villa La Maternidad. Ahí se encuentra sobre el río la estructura del Letizia, que da cuenta de un proyecto iniciado y abandonado hace seis años, que ahora la gestión de Juan Schiaretti promete retomar. A través de ese puente, se planea conectar –por todo el tramo este de la Costanera– la Circunvalación con la nueva Terminal de Ómnibus: la alternativa vial es factible, pero cuesta imaginar qué medidas de seguridad harán falta para que los colectivos puedan entrar y salir sin sufrir ataques.
En todo el trayecto se observan trabajos de desmalezado en diferentes sectores y evidencias de limpieza reciente, y de nuevos volcamientos inmediatos. Mantener la higiene es otro desafío cotidiano del municipio. En este momento se observa una mejora general.

La mejor parte
En proximidades del Centro Cívico, las condiciones de mantenimiento mejoran y paulatinamente se complica el tránsito. Entre el Puente Centenario y el puente Avellaneda hay embotellamientos casi permanentes en la Costanera sur, pero comienzan a observarse conceptos de parquización que hasta ese punto estaban ausentes.
Desde ahí y hasta el puente del Trabajo transcurre el sector mejor logrado de la Costanera: hay amplios sectores muy bien mantenidos, esto es pavimento impecable en la mano del sur, pasto recién cortado, bancos, ciclovía en buen estado y ausencia de basura. La Isla de los Patos muestra el pasto corto, pero también los signos de uso intensivo y mantenimiento deficiente.
Desde ahí, nada sobresale especialmente hasta el nuevo sector, que comienza luego del puente Sagrada Familia. En esa zona flamante casi no hay tránsito y abunda la basura. Falta mucho para que los cordobeses logren incorporar esos 1.500 metros.
Más al oeste, el río muestra sus mejores postales, y la Costanera se reduce a una calle doble mano. Bien mantenida y con un entorno urbano más cuidado, pero muy lejos de considerarse una avenida.
Desde el Puente 15, todo es promesa y desafío: para llegar a Villa Warcalde faltan muchos kilómetros y muchos acuerdos. Hasta ahora no fue posible resolver el conflictivo paso por la reserva del parque San Martín.
El municipio asegura que logrará avanzar por ahí con la Costanera. Aún no dijo cómo ni cuándo.

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Al oeste, paisajes para aprovechar; al este, un lecho de escombros

La inmensa mayoría de esos espacios son inaccesibles, pero al menos mantienen su potencial paisajístico por si alguna vez Córdoba, como hicieron innumerables ciudades del mundo, se dispone a reconciliarse con el río y a generar el parque lineal tantas veces prometido.
En estos días se observó un esfuerzo municipal por retomar el control de la costa del Suquía, en la ciudad de Córdoba.
Bastó el corte de pasto para que en amplios sectores costeros reaparezcan postales imponentes. En especial desde el macrocentro hacia el noroeste, donde el curso del agua mantuvo su fisonomía natural, hay zonas de barranca y mucha vegetación.
La inmensa mayoría de esos espacios son inaccesibles, pero al menos mantienen su potencial paisajístico por si alguna vez Córdoba, como hicieron innumerables ciudades del mundo, se dispone a reconciliarse con el río y a generar el parque lineal tantas veces prometido.
Por ahora ese concepto sólo se intuye en el tramo que va desde el Puente del Trabajo hasta el puente Avellaneda, el más usado de toda la costa del río.
Hay ciclovía, aunque con dispar grado de mantenimiento, en casi todo el recorrido.
Pero el curso de agua tiene un antes y un después del Centro. Se mantiene sin alteraciones la canalización que en 2011 renovó el cemento sobre el que transcurre el Suquía entre los puentes Avellaneda y Centenario. Esa zona permanece bien iluminada y es muy usada.
De la segunda etapa de esa obra, realizada en 2013 entre el puente Centenario y el nudo vial Mitre, no queda casi nada. El agua se llevó el relleno, el pasto y los espacios de esparcimiento (sobreviven algunas estructuras para hacer ejercicios). Lo que quedó son montañas de piedra bola y un espacio otra vez inaccesible.
Más allá del nudo vial Mitre, hacia el este, el Suquía se vuelve más ancho, los espacios verdes desperdiciados se multiplican –al igual que la presencia de basura– y el lecho del río es la evidencia de los muchos fracasos anteriores: hay toneladas de cemento que el río fue arrastrando desde el Centro. Enormes placas de hormigón, restos de diferentes obras y basura.

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