27 abr. 2016

El bosque y nuestro futuro

La Voz del Interior (27/04/2016)
El bosque y nuestro futuro

El desmonte sigue siendo una mala noticia para la provincia de Córdoba, y ya es hora de que los responsables entiendan el enorme daño ambiental que producen, el cual debe ser remediado lo antes posible.
Pese al control que realiza la Policía Ambiental y a las leyes que protegen a los bosques nativos, el desmonte, si bien se ha reducido, sigue siendo preocupante en distintos ecosistemas de la provincia de Córdoba.
Son varios miles de hectáreas por año, en su mayoría desmontadas sin ningún tipo de autorización, lo que conlleva un cambio en el uso del suelo, y ello termina de alterar el ecosistema. Las graves consecuencias tal vez no sean inmediatas, pero finalmente se hacen sentir.
El ciclo destructivo puede describirse en pocas palabras. El punto de partida es una zona de bosque nativo, con las características propias del lugar. Pueden ser matorrales y bosques bajos o áreas con árboles de gran porte. Están igualmente protegidos por ley. El desmonte es ejecutado, por lo general, por quienes desean sumar ese terreno a la explotación ganadera.
Así, no sólo se daña la biodiversidad y se reducen de forma drástica los recursos naturales –por ejemplo, maderas y plantas de uso medicinal–, sino que se desequilibra el ecosistema: hay menos frutos y flores, y las abejas producen menos miel y sus productos conexos, de modo que emigran o se reproducen menos, lo que afecta el proceso de polinización del que dependen muchas plantas.
Baja la producción de oxígeno y aumenta la de dióxido de carbono, ecuación que no nos benefició nunca, menos ahora con la amenaza del cambio climático. No hay plantas que fijen el suelo como antes, y entonces este se lava con las lluvias. Todas estas alteraciones impactan sobre las cuencas hídricas, lo que causa las inundaciones que tanto nos asombran de un tiempo a esta parte.
A la larga, lo que antes era un bosque se transforma en una zona con diferentes grados de desertificación. La conclusión, aunque parezca elemental y de sentido común, es que no podemos seguir perdiendo bosque.
Esto no implica, en absoluto, prohibir la ganadería o perseguir a los productores ganaderos. Se puede y debe lograr un punto de acuerdo. De hecho, hay especialistas que recomiendan implementar un manejo de bosque con ganadería integrada, e incluso modificar la ley actual o su reglamentación, para revisar criterios que estiman muy rígidos, extremos y poco realistas.
En paralelo, se debe promover el camino inverso: más que la multa económica a los infractores de la Ley de Bosques, necesitamos incentivar –y, llegado el caso, obligar– la regeneración de las áreas intervenidas, la reforestación con ejemplares autóctonos y su conservación.
Conservar –o reconstruir, cuando todavía es posible– el equilibrio de los ecosistemas no es una máxima propia de cierto fanatismo ecológico, que se opone a la producción de alimentos. Es un objetivo básico de supervivencia. Si no lo entendemos así, estaremos poniendo en riesgo nuestro futuro.

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