26 ene 2010

Los árboles ya no mueren de pie

La Voz del Interior (26/01/2010)
Los árboles ya no mueren de pie

Por Rosa Bertino - Periodista

Los árboles ya no mueren de pie. Son erradicados en pro del crecimiento urbano, que los considera un obstáculo o un peligro.
¿Cómo reaccionaríamos ante este titular: “Un sexagenario fue abatido en una arteria céntrica. Junto a él, cayó su compañero de más de 40 años. Vecinos impotentes intentaron impedir la masacre”?
Semejante noticia nos consternaría. Por fortuna, la inseguridad no logró acostumbrarnos a la violencia. Cada agresión al prójimo nos duele y conmueve. A lo sumo, este caso podría generar alguna suspicacia en cuanto a la orientación sexual del occiso. No interesa porque se trata de un olmo leñoso, que tardó más de 60 años en crecer y menos de tres horas en morir. El estruendo de la motosierra, propiedad de una diligente empresa particular, atravesó la mañana. Los “responsables” adujeron que el árbol había sido sometido a juicio sumario en Parques y Paseos, cuya sección Agronomía lo encontró culpable de levantar caños y veredas.
Un par de vecinos llamaron a esa repartición municipal, preguntando si no se podía intentar una buena poda. Que mucha falta le hacía, al finado. O un tratamiento de las raíces, como hacen todos los que desean evitar el sacrificio de un ejemplar añoso o autóctono, con resultados satisfactorios. En última instancia, ¿qué necesidad había de arrancar también el olmito adyacente, de unos 40 años de edad? ¡Ni siquiera estaban infectados por el hongo que se hace un festín con esa especie!
Pero fue inútil. Sólo se trataba de un par de árboles. En plena avenida hoy yacen los restos de ambos caídos. El tronco más grande sobrepasa el metro de diámetro. El de su compañero o familiar, poco más de la mitad.
Sombra perdida. Los árboles ya no mueren de pie, como pretendía Alejandro Casona. Son erradicados en pro del crecimiento urbano, que los considera un obstáculo. A menudo es razonable pensar así, y actuar en consecuencia. Pero, dada la cantidad de gente en excelente estado físico que uno ve rascándose el pupo o yendo en busca de subsidios, no sería tan difícil armar cuadrillas de protección del medio ambiente.
Ese olmo merecía una oportunidad. Los romanos apreciaban la fronda de ese árbol, que trajeron de una colonia remota. Hoy, veintitantos siglos después, la deforestación compulsiva acecha barrio General Paz, y las inmediaciones de la Ciudad Universitaria. Todo terminará siendo como Nueva Córdoba: donde hubo un árbol, hay aparatos refrigerantes. A falta de sombra y oxígeno, apelamos a lo artificial. ¿Para qué hacer cumbres climáticas, si lo que hay que cambiar es el comportamiento ante la naturaleza? Cuántos poemas están inspirados en los árboles. Ahora sólo falta que le dediquen uno al aire acondicionado.

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